La gratuidad escolar: un mito tan limpio como los baños del plantel

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Por Martín Gómez G.

Nos dicen que la educación en México es gratuita. Y sí, lo es… siempre y cuando los alumnos no quieran lavarse las manos, porque el jabón y el papel higiénico no vienen incluidos en la “gratuidad”. Tampoco las bolsas para la basura, ni el cloro, ni las escobas. Eso lo ponen los papás, que terminan subsidiando la limpieza como si fueran la Secretaría de Aseo Escolar.

La lista es interminable: cortar la selva que se levanta en los patios, pintar paredes que parecen ruinas arqueológicas, reparar fugas que harían envidiar a Xochimilco. Todo eso se paga con las benditas “cuotas voluntarias”. Voluntarias, claro, como pagar la tenencia: si no cooperas, tu hijo se convierte en el paria del grupo.

Pero lo realmente jugoso está en planteles como COBAEV o CBTIS. Ahí, con miles de estudiantes, las cuotas se multiplican hasta convertirse en presupuestos dignos de un municipio chico. Y el dinero se maneja con la transparencia de un muro de concreto: un presidente y un tesorero de la sociedad de padres que rinden cuentas a medias, con números vagos, cifras infladas o explicaciones dignas de una obra de teatro escolar mal montada. Nadie pregunta demasiado, porque a fin de cuentas, ¿quién se quiere pelear con la dirección?

Así que la “educación gratuita” termina siendo una broma cruel: gratuita en los discursos oficiales, carísima en la realidad cotidiana. Y lo peor no es pagarla, lo peor es no saber en qué demonios se gasta. Pero claro, mientras el gobierno se cuelga la medalla de la gratuidad, los padres siguen pasando la charola. La escuela, como los baños del plantel, seguirá oliendo a desinfectante barato… cuando hay.

En conclusión, las cuotas escolares son un arma de doble filo: necesarias para cubrir lo que el Estado no atiende, pero peligrosas cuando se convierten en caja chica sin transparencia. Y mientras tanto, las escuelas siguen siendo el reflejo de un país donde todos exigen, pocos explican y casi nadie rinde cuentas

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