
El aplauso al deber mínimo
Por Martín Gómez G.
He leído -con una mezcla de ternura y vergüenza ajena- a algunos beneficiarios de la todavía administración municipal minatitleca, esa que para fortuna colectiva se extingue en 13 días. Me conmueve su esfuerzo casi heroico por convencer -no se sabe bien a quién- de las supuestas bondades que “trajo” la actual munícipe.
Enumeran obras y acciones como si estuviéramos hablando del puente Mina–Capoacán, cuando en realidad describen lo mínimo indispensable para no incurrir en omisión administrativa. Y luego están los otros, los más entusiastas, que aseguran sin rubor que se trató de la mejor administración del mundo mundial. Esos, para decirlo con propiedad, ya se zurraron fuera de la bacinica.
Conviene recordarles -por si la emoción les nubló la memoria- que ningún alcalde gobierna para hacer favores, sino para cumplir obligaciones. Todos, absolutamente todos los munícipes, están forzados a ejecutar obras y acciones. No es mérito: es deber. Y además, cada nueva administración recibe más recursos que la anterior, porque así lo aprueba el Congreso del Estado. A veces poquito, a veces no tanto, pero siempre más.
La lógica es simple, casi infantil: si tienes más dinero, deberías hacer más. Así que no vengan con cuentos ni listas infladas. La innombrable no hizo nada extraordinario, nada que no estuviera presupuestado, nada que no fuera parte de la chamba por la que cobró. Administró lo que le tocaba administrar. Punto.
Y si algo quedará tatuado en la memoria colectiva no es el concreto ni el asfalto, sino el desprecio. Minatitlán padeció la administración más cerrada, distante y soberbia de su historia reciente. Atender ciudadanos fue misión imposible, no por falta de tiempo, sino por falta de formas. En política hay una premisa básica: tragar sapos sin hacer gestos; aquí quedó claro que no hay tablas. Como advertía Unamuno: lo que natura no da, Salamanca no lo presta.
