
Cada 23 de diciembre, cuando el país entero vive las posadas, hay un lugar del centro de México donde esta celebración adquiere un significado especial: Acolman, considerado la cuna de las posadas navideñas.
En este municipio del Estado de México, las posadas no son solo una reunión familiar ni un trámite del calendario decembrino. Aquí conservan su sentido original, heredado del siglo XVI, cuando los frailes agustinos utilizaron estas celebraciones como una forma de evangelización, combinando cantos, procesiones y símbolos que hoy forman parte del imaginario nacional.
La noche del 23 de diciembre es una de las más concurridas. Familias enteras participan en procesiones que recorren calles y patios, entonando las letanías tradicionales mientras portan velas encendidas. Al final, llega el momento más esperado: la piñata de siete picos, símbolo de los pecados capitales, que en Acolman se elabora de forma artesanal y con técnicas transmitidas de generación en generación.
El centro de la celebración es el histórico Ex Convento de San Agustín, donde se realizan representaciones, eventos culturales y ferias dedicadas a la piñata, un elemento que aquí no es decoración, sino patrimonio.
A diferencia de otras posadas del país, en Acolman la tradición se vive con rigor y orgullo. No se improvisa ni se moderniza en exceso: se cuida la letra de los cantos, el orden de la procesión y el sentido comunitario de la fiesta.
Cada 23 de diciembre, Acolman recuerda al país que las posadas no nacieron como una moda, sino como una tradición profunda que mezcla fe, cultura popular y convivencia. Y en tiempos donde todo se acelera, este rincón del centro de México sigue pidiendo posada… pero también memoria.
