
Dimax News
01-01-2026
Mientras en gran parte del mundo el Año Nuevo todavía transcurre entre brindis tardíos y fuegos artificiales apagándose, en Japón ocurre una de las celebraciones más sobrias y profundas de los primeros minutos del nuevo año: el Hatsuhinode, la contemplación del primer amanecer.
Desde la madrugada del 1 de enero, miles de personas se trasladan a montañas, playas, templos, miradores y azoteas para esperar en silencio la salida del sol. No hay cuenta regresiva ni música estridente. El ritual comienza cuando el cielo empieza a aclarar y culmina en el instante exacto en que el sol asoma por el horizonte.
Para la cultura japonesa, el primer amanecer del año es portador de buenos augurios. Se cree que mirar el sol naciente trae salud, fortuna y claridad para los meses que vienen. Muchas personas unen las manos, hacen peticiones discretas o simplemente guardan silencio. El acto no es colectivo en lo ruidoso, sino compartido en lo espiritual.
Uno de los puntos más simbólicos es el Monte Fuji, donde el Hatsuhinode adquiere una carga casi sagrada. Pero también se vive en barrios urbanos de Tokio, en pequeñas islas, en trenes detenidos estratégicamente y hasta desde ventanas de departamentos. Lo importante no es el lugar, sino el momento.
A diferencia de otras tradiciones de Año Nuevo que celebran lo que termina, el Hatsuhinode se concentra exclusivamente en lo que empieza. No hay ruptura ni despedida: hay observación, respeto y esperanza.
Cuando el sol finalmente se eleva, el año nuevo queda oficialmente inaugurado. Sin ruido, sin exceso. Solo con la certeza de que un ciclo ha comenzado bajo la misma luz que ha acompañado a generaciones enteras. En Japón, el Año Nuevo no se grita: se contempla.
